Sin embargo
esta ´post, post, modernidad”, nos propone un extraño culto a lo
virtual; nos incita a una especie de fe en el espiritismo, donde las “cosas”
ya no están pero podemos invocarlas, reproducirlas y abandonarlas a su nebulosa
suerte; dejarlas olvidadas en la nube imprecisa, anónima e inmaterial de un
cielo que creemos sin dueño y sin reglas, pero que sin embargo nos esclaviza
con nuestro miedo a que todo se pierda; que nos extorsiona, exigiéndonos que
entreguemos nuestro diezmo y nuestro tiempo, a los dioses de ese nuevo universo
artificial que promete felicidad y entrega incertidumbre.
Por eso
prefiero aferrarme a mis libros polvorientos; a mis discos rayados; quiero
cerca mis revistas demacradas; objetos que han vivido mi vida y yo la de ellos,
como pasa con esos amigos que no vemos seguido, pero que sabemos que están y
que cada tanto nos confirman que estas manos que hoy escriben, son nuestras
manos, esas mismas manos que han estrechado aquella primera vez; objetos y
amigos, con los que hemos bebido vinos que emborrachan, que se derraman y que
manchan; a quienes mis lágrimas y mi risa, no les son ajenas; con quienes
transito este mundo áspero, indiscutiblemente material, sobre las olas de sus
días y sus noches y sus años invencibles, ciertos, aterradoramente maravillosos
días y noches y años inapelables corpóreos, palpables en la lenta e inevitable decrepitud
de mi cuerpo.
Por eso prefiero ver, tocar, sentir, saborear,
sufrir, disfrutar este mundo material hasta el hartazgo. Ya habrá tiempo para
ser un fantasma.
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