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miércoles, 12 de agosto de 2026

Para ser un fantasma

 

    Un libro, un disco, una revista; objetos que ocupan un espacio; objetos a los que hay que ir a buscar y a los que podemos regresar a tocarlos, a verlos, a sentirlos entre nuestras manos; objetos que nos devuelven recuerdos; cosas que podemos prestar, extrañar, reclamarlas o regalarlas y cuya virtud no radica del todo en su materialidad; cosas que poseen un “alma”; que se parecen a nosotros y que “nos hacen”, que forman parte de nuestro ser, porque su alma ya ha pasado a formar parte de la nuestra; objetos que son y han sido compañeros y testigos de nuestro derrotero en este mundo; cosas que fueron, quizás, descubiertas como un tesoro;  a las que hemos ido a buscar con algún  esfuerzo; a las que nos acercamos con temor o con esperanza y para las que hemos elegido un momento y un sitio para descubrirlas, para presentarnos, tal vez en soledad, o como pasa con algunos discos,  compartiéndolos con otros; o ese libro, que abrimos como en secreto, sin testigos ni interferencias; cosas a las que le dimos un hogar, un orden y un sentido en nuestro cosmos íntimo; objetos cuya decrepitud, a veces, es más lenta que la nuestra, que se mantienen jóvenes y nos transportan y nos recuerdan que la plenitud nunca es eterna; cosas que han visto crecer nuestras primeras canas; cosas, tangibles cosas, que sabemos que están y que nos esperan, a pesar de que ya hace tiempo y para siempre, su espíritu habita en nosotros.

    Sin embargo esta ´post, post, modernidad”, nos propone un extraño culto a lo virtual; nos incita a una especie de fe en el espiritismo, donde las “cosas” ya no están pero podemos invocarlas, reproducirlas y abandonarlas a su nebulosa suerte; dejarlas olvidadas en la nube imprecisa, anónima e inmaterial de un cielo que creemos sin dueño y sin reglas, pero que sin embargo nos esclaviza con nuestro miedo a que todo se pierda; que nos extorsiona, exigiéndonos que entreguemos nuestro diezmo y nuestro tiempo, a los dioses de ese nuevo universo artificial que promete felicidad y entrega incertidumbre.

   Por eso prefiero aferrarme a mis libros polvorientos; a mis discos rayados; quiero cerca mis revistas demacradas; objetos que han vivido mi vida y yo la de ellos, como pasa con esos amigos que no vemos seguido, pero que sabemos que están y que cada tanto nos confirman que estas manos que hoy escriben, son nuestras manos, esas mismas manos que han estrechado aquella primera vez; objetos y amigos, con los que hemos bebido vinos que emborrachan, que se derraman y que manchan; a quienes mis lágrimas y mi risa, no les son ajenas; con quienes transito este mundo áspero, indiscutiblemente material, sobre las olas de sus días y sus noches y sus años invencibles, ciertos, aterradoramente maravillosos días y noches y años inapelables corpóreos,  palpables en la lenta e inevitable decrepitud de mi cuerpo.

    Por eso prefiero ver, tocar, sentir, saborear, sufrir, disfrutar este mundo material hasta el hartazgo. Ya habrá tiempo para ser un fantasma.

                                                                   

                                                                     @enriquecatelli

viernes, 31 de julio de 2026

Cerraron todos los bares

 

-          Ayer fui a ver "Nueve semanas y media"…- me dijiste -

-          ¿Y? ¿Está buena…? - te pregunté -

-          El actor tiene cara de loquito…de loquito sufrido, como vos…. - cuando dijiste “como vos”, me tocaste la nariz y sonreíste .

 ¿Vamos a tomar unas cervezas?  -  preguntamos a dúo y nos reímos.

  Después de mil cervezas, cerraron todos los bares y nos quedamos solos en la calle; y empezó a llover; y nos fuimos a ese hotelito roñoso; al segundo piso; trepamos las escaleras como quien trepa un muro; la lluvia en las chapas, sonaba estruendosa; se te habían mojado los libros; armaste un porro.

   Nunca tendrías que haberme hablado de Huxley; ni de Orwell; ni de Bradbury. Ni de Hesse. Mucho menos de Hesse. Sobre todo, nunca deberías haber llevado los libros de Hesse. Ni haberme tocado la nariz, ni haber sonreído de esa manera tan hermosa. Nunca debimos haber trepado esa escalera; ni haber escuchado la lluvia sobre el zinc.

   Atravesamos la noche, como quien cabalga una nube.

-          ¿Estás bien? - tus ancas como un tributo, hacia mi; la curvatura de tu espalda me daba vértigo; tu cuerpo, una montaña rusa – ¿…Estás bien?

-          Siiiiiii…

 Plaf, plaf, plaf…

   Me agarré de tus tetas, para no caer ciego, un peso vivo, y nos revolcamos por la cama riéndonos como locos; como loquitos sufridos; mientras la lluvia martillaba las chapas y Hesse nos miraba, pero no se reía; nunca se ha reído Hesse; ni Orwell; ni Huxley; ni Bradbury. Después me leíste un poema de Grinsberg. ¿Para qué?, si estábamos en los ochenta. Yo solo quería escuchar a Virus; ver a Luca; deberías haber obviado a Grinsberg; si ya nos habían pasado la antorcha y estábamos saliendo del pantano verdoso; repugnante; nos cagaban a sopapos, pero ya no nos chupaban en Falcon verde; nos encendían las luces, nos gritaban y nos pedían documentos; pero ya no nos mataban tan descaradamente; estaba Diego, con su insolencia y su alegría; Charly demolía hoteles y leía revistas en la tempestad con el Flaco; no debiste haber hecho promesas sobre el bidet aquella noche; sabés que no aprendí a vivir; a veces estoy tan bien, estoy tan down.

     Hoy te busco en los bares, para devolverte los libros; tal vez para subir alguna escalera; tal vez para entregarte esto que construiste y que dejaste olvidado.

   La ciudad ya no es la misma; se llama igual, pero nos trata distinto. No nos ve, no hay donde encontrarnos. La gente camina cabizbaja, igual que ayer, pero ahora los veo, pero no me escuchan.

   Tengo cuadernos de bronca y desconcierto, escritos con café y cigarrillos; todos llevan tu nombre en algún rincón; todos te buscan, aunque no lo digan.

   Mis amigos habían empezado a picarse; los vi calentar sus cucharas, te lo dije; mis amigos morían de Sida; empezaron robándole las pastillas a la abuela y terminaron pirómanos y reclusos; con bolsas en la cabeza y doblados en dos a patadas en la boca del estómago.

   Solo me quedaron los libros y tu recuerdo; y la ciudad que se desliza bajo mis pies llevándome a ningún lado.

   Lo que sigue es para vos, es lo que fui a partir de entonces; tu Frankenstein de palabras cruzadas; con los ojos ciegos bien abiertos, dudando de haberte soñado; dudando de confundir lagrimas con lluvia; como quien duda de su nombre o como quien está seguro de su destino incierto.

 

 

 

 

 

 

 

Enloquecido

 

    Ese prolijo silencio que nos permitía escuchar perfectamente, el dialogo de los dibujitos; esa penumbra en la que permanecían los muebles y los adornos que sobre estos descansaban, mostrando de vez en cuando su brillo, cuando los vaivenes lumínicos del televisor los encandilaban; ese ambiente reluciente y quieto, sumiso y obediente, me llevaba a imaginarme destruyendo todo eso, hasta dejar la habitación, en un caos desconcertante.  

   Día por medio iba yo a ver los dibujitos allí, a casa de mi amigo, que vivía enfrente a mi casa paterna. Y día por medio, yo, mas que ver dibujitos, lo que hacía, era conjeturar qué sucedería, si de repente me parara, en medio de la pasa y las sombras protectoras; en medio de los relucientes muebles y la limpísima alfombra y comenzara a romper todo contra las paredes y a correr y saltar por encima de los muebles hasta destruirlos. Esa idea me atraía obsesivamente y, día por medio, gozaba calculando por donde comenzaría. Hasta veía la cara de desconcierto de mi amigo y de su pulcra y viuda madre.

Los hacía cruzando la calle y llevándole la noticia a mi madre.

   Al otro día, yo invertía la situación e imaginaba a mi amigo, destruyendo mi casa. Pero en este caso, lo que me interesaba, era premeditar la reacción de mi familia y la de su madre, ante el endemoniado hijo.

   Los días pasaban y yo había convertido mi obsesión, en plan a concretar en corto plazo.

   Seguramente después de haberlo concretado, no iba a poder volver jamás a aquella casa. Pero lo que realmente me preocupaba era encontrar una justificación para todo aquello. Pues, simplemente, lo mío era una aventura, por amor al peligro y a lo novedoso, nada más. ¿Pero cómo hacerlo entender a mis mayores? Esto retardó un tiempo mi decisión.

   En dos oportunidades, puse a prueba la confianza y la reacción de mi amigo. La primera vez, me paré repentinamente, diciendo que iba al baño. A espaldas de mi amigo, tomé una silla y la arrojé contra el modular, tirando al piso dos o tres adornos de porcelana.

-          ¿Qué pasó? – se volvió rápidamente- ¿Te lastimaste?

-          No. Me tropecé con una silla…

-          ¡Hu¡ Pará que prendó la luz…

-          ¿Qué pasa chicos? -Preguntó la madre entrando a la habitación.

-          ¡Nada, Má! Oliverio se tropezó con una silla…¡

   Y todo quedó más o menos ahí. En la segunda oportunidad, en medio de un silencio suspensivo en los diálogos de los dibujitos, le grité violentamente en el oído, y sin dejar de gritar, di una vuelta carnero hacia atrás. Me asustó ver la cara de mi amigo. Pero lo calmé, diciéndole que me había acalambrado una pierna.

    El día había llegado. Ya estaba todo listo para dar el golpe. Ya me encontraba yo junto a mi amigo, inmersos en aquella penumbra y aquella quietud, armoniosa, estúpida, que hoy yo destruiría. En tres ocasiones mis músculos se tensaron, para iniciar mi propósito. Pero era demasiado temprano. Sería mejor esperar el final de los dibujitos. El entusiasmo me atormentaba. Los muebles brillaban más que nunca, ante la luz del televisor. Los adornos parecían que oscilaban, deseando estrellarse contra la pared. Ansiosa la habitación, me invitaba a destruirla.

    De repente, casi sin darme cuenta, me encuentro cruzando la calle, entrando en mi casa…Corriendo, busco a mi madre y la abrazo fuertemente. Las lágrimas caen hasta meterse por el cuello de mi sweter y me enfrían el pecho, mi madre no entiende, yo tampoco, no paro de llorar. Mi amigo había enloquecido antes que yo.

 

 

Bajo Presión

 

   

   Bajo la mortecina luz del sol de las siete de la tarde, Ernestino Sánchez caminaba cabizbajo. Confusas imágenes del recuerdo de su vieja amistad con Oliverio Brausen, le flotaban en su memoria. Estas imágenes lo perseguían donde fuera, durante horas, para confluir en sus labios, estuviera donde estuviese, en voz muy baja, traducidas en una inevitable y dolorosa pregunta: “¿Cómo pudo hacerme esto?”.
Ernestino era consciente del peligro al que Oliverio Brausen lo había expuesto delatándolo. Pero en realidad no era la certeza de que tarde o temprano lo matarían, lo que realmente martirizaba a Ernestino, sino el hecho de saber que había sido traicionado por su más viejo y querido amigo.
   Dos semanas habían transcurrido ya desde que Ernestino recibiera la amenaza en su propia casa. Una precisa e inesperada amenaza: “Cuatro palabras de buena fuente pueden disponer del destino de un hombre. Gracias a Oliverio Brausen, tu muerte se aproxima”. Tal el texto de la intimidación que recibiera Ernestino en su domicilio.
   Dos semanas ya, en las que Oliverio Brausen no se acercaba a los sitios que frecuentaba.       Dos semanas en las que Ernestino lo había estado buscando y esperando, sin querer en realidad encontrarlo.
   Bajo el oscuro cielo de la noche reciente, Ernestino Sánchez detuvo su marcha. Sin levantar la cabeza y llevándose una mano indecisa a la frente, brotaron de su boca cuatro palabras: “¿Cómo pudo hacerme esto?”. Luego lentamente, bajó las manos de la frente y sacó de su chaqueta un paquete de cigarrillos; con un ligero movimiento hizo asomar uno de adentro del paquete y con la otra mano extrajo de otro bolsillo de la chaqueta un encendedor; llevó las dos manos cerca del cigarrillo; con una sostenía el encendedor, mientras que con la otra rodeaba a éste para evitar que el aire nocturno lo apagara y apretó los labios para dejar el cigarrillo en posición de ser encendido; su dedo pulgar estaba a punto de girar la ruedilla del encendedor…súbitamente levantó la vista; lentamente guardó el encendedor, sus labios se aflojaron y con la otra mano se quitó el cigarrillo de la boca y lo tiró sin ganas. Frente a él, su delator lo miraba sonriente.
    Ernestino movió los labios como para empezar a hablar, pero Oliverio se le anticipó; dejó morir la sonrisa y como si fuera él el ofendido, en tono descaradamente severo, dijo:
- Yo no te traicioné; no te dejes engañar. Vos sos el verdadero traidor si analizamos lo que pasó. Vos me defraudaste dudando de mí y de la amistad que nos ha unido todos estos años. ¿Te acordás el pacto que hicimos hace años? ¿Si, te acordás? “Si es necesario, -dijimos- moriremos juntos, pero en silencio…” ¡Pero no! ¡Vos pronunciaste las palabras que han deshecho esa promesa! ¿¡Cómo pudiste llegar a dudar de mí!?
- No intentes confundirme…está bien, no te guardo rencor…-dijo Ernestino de pronto- quiero ignorar lo que te lleva a decir esto y lo que te movió a delatarme. No me molestes, dejemos las cosas como están…-
Oliverio lo escuchaba sorprendido y lo interrumpió hablando a los gritos.
- ¡No! ¡Te tomaste todo demasiado en serio, me parece! ¡Yo no te traicioné! ¡Nunca lo haría! !¿No te das cuenta –siguió diciendo en voz alta, con cierta angustia asomando entre la furia -¡¿No te das cuenta, que no cometimos nunca esos crímenes que vos creés que cometimos!? ¡¿No te das cuenta que es un juego, todo: los crímenes, la traición, la amenaza…!? Un solo crimen fatal estoy dispuesto a cometer en mi vida –continuó diciendo en voz más baja- y ese crimen va a servir para que nuestra amistad y nuestro honor queden intactos y para que nuestras vidas sigan su curso normal. ¡¿O vas aceptar de brazos cruzados que tus hijos crean que sos un gusano asqueroso, un criminal de poca monta.!? ¡¿Y que yo, tu mejor amigo, soy un gusano traidor?!
- Al decir esto no pudo evitar gritar. Luego, rodeando con el brazo a Ernestino, siguió diciéndole al oído: - Necesito de tu ayuda para que sigamos siendo buenos amigos como siempre…hay una sola persona en el mundo que puede revertir esto. Pero no será fácil convencerla…quizás, hasta la tengamos que matar…
Bajo el oscuro cielo de la noche, Ernestino Sánchez y Oliverio Brausen, el delatado y el delator, caminaron calle abajo, tramando algo, como en los viejos tiempos, y como si nada hubiera ocurrido.
   Se perdieron en la oscuridad sus figuras y sus palabras. Se perdieron en mi memoria sus identidades y sus historias. Algo dentro mío me obligó a no continuar escribiendo sobre ellos. Creo que juntos, han mutilado el final de este relato…Lo siento, pero estoy bajo presión.

domingo, 27 de agosto de 2017

Pasaje de La Piedad


Los cuadernos del abuelo

Tras la muerte de mi abuelo, Felix Enrique Brausen Hernández, por circunstancias que no vienen al caso, me alojé un tiempo en la que fuera su casa. Durante mi estadía allí, descubrí entre sus pertenencias cuatro cuadernos con escritos de su puño y letra en los que dejó registradas algunas impresiones. Lo que a continuación podrán leer pertenece a uno de esos cuadernos, cuya fecha señala ser el más antiguo. A manera de homenaje, los iré trascribiendo de a poco.
Estoy seguro de que él aprobaría esta decisión.




Pasaje de La Piedad

Más de una vez he escuchado decir que en Buenos Aires hay una entrada a otra realidad. Quienes la visitaron aseguran haber presenciado cosas increíbles. Sin embargo cuando uno les reclama precisiones, se limitan a decir que es un sitio indescriptible y, para dar algo de crédito al disparate explican, con aire de autoridad, que no se trata de un Aleph como el de la calle Garay, ni de una entrada al infierno.

Aunque sabemos que durante años han existido en esta ciudad portales al averno, aclaran, y tal vez hoy sigan existiendo. No, dicen, no se trata de esas monstruosidades; pero sí es un lugar inenarrable, repiten, no sabemos si por comodidad sintáctica o simple impericia narrativa, o tal vez -como sostienen algunos-, callan intimidados por las amenazas que allí reciben para no revelar lo presenciado.

La cuestión es que están divididas las aguas –vio como somos los argentinos-: por un lado están los que creen y por otro los que no. Por las dudas, más allá de que síes y de que noes, todos evitamos hablar del asunto y mientras tanto, de tiempo en tiempo, alguien insinúa por lo bajo, haber sido testigo del prodigio.

No estoy seguro de que se trate precisamente de uno de estos fantásticos lugares el escenario donde a mí me tocó en suerte –o en desgracia sería preciso decir- presenciar el sucedido que a continuación voy a narrar, pero creo que fui espectador y víctima de ese tipo de circunstancias, que podríamos calificar para no exagerar, por lo menos de anormales; ese tipo de situaciones que a uno lo dejan lo suficientemente perplejo como para dudar por momentos de su propia cordura y en otros de las leyes de causa y efecto que se pregona sobre el modus operandi de la realidad, que viene a ser lo mismo en definitiva. Quiero decir: ¿qué es la locura si no un quiebre y una oposición dialéctica a las leyes de la naturaleza que se da por sentado como lógicas?

De todas maneras, salvo en estas páginas y porque tengo la certeza de que nadie que me conozca las leerá –por lo menos mientras yo viva-, también evito pronunciarme al respecto y en silencio guardo mi secreto.

Podría decir que descubrí el lugar una noche que vagaba sin rumbo. Pero lo cierto es que regresaba de comprar una curita después de que me cortara un dedo en un fallido intento por pelar una cebolla, y descubriera, sin sorprenderme, que carezco de cualquier elemento de primeros auxilios en mi botiquín. Bueno, en realidad carezco también de un espacio destinado a guardar ese tipo de cosas; en definitiva, carezco de botiquín.

El sitio está emplazado en el ciento cincuenta y tres del Pasaje de La Piedad y en realidad no sé que me movió a desviarme y entrar, pero lo cierto es que algo, que no puedo precisar, llamó mi atención y caminé media cuadra internándome en el pasaje y entré. Hacía poco que vivía por allí y cada salida la aprovechaba para indagar el nuevo barrio. La verdad es que el pasaje debería completar su nombre con la palabra “Ausente”, ya verán por qué, no quiero adelantarme.

Si todo, como en espiral, se cierne intrigante en esta ciudad –eso es lo que pensaba esa noche mientras me colocaba la curita y doblaba la esquina ingresando al pasaje- mucho, pero mucho más misteriosa es esta atracción que ejercen sus calles sobre mi rumbo a medianoche, obligándome, cada vez que salgo, a no regresar hasta la madrugada. Tal vez esto fuera una excusa para dejarme arrastrar hacia la mitad de la cuadra, donde la luz tenue de un farol solitario alegraba la oscuridad de la callecita e invitaba a acercarse y curiosear.

Se trataba de un teatrito subterráneo al que se accede bajando una estrecha escalerita de madera. Me llamó la atención que no hubiera nadie para recibirme y bajé el primer tramo de escalones alentado por los murmullos y las risas que oía subir a mi encuentro. Sigiloso y expectante, continué descendiendo creyendo que alguien se acercaría a recibirme y a reclamarme el pago de una entrada, pero no. Así que cuando estuve en la sala, que en lugar de butacas contaba con unas simpáticas mesitas redondas, enfrentando a un también simpático y no muy amplio escenario, me acomodé en la parte central de la salita, de espaldas a la barra y con buena vista, contra una baranda que señalaba un desnivel.

Tras un telón de terciopelo bordó asomaba el borde curvo del proscenio y como parecía que la función tardaría todavía en comenzar, me dediqué a observar a mis vecinos de mesa. A mi izquierda una parejita se hacía arrumacos y más allá, cerca del escenario, tres jóvenes miraban hacia atrás, riéndose, como burlándose de todo. A mi derecha un hombre sombrío bebía champaña a breves sorbos y ensimismado, mientras jugaba con un cigarrillo apagado en su mano izquierda y detrás de mí, acodados en la barra, dos hombres chocaban sus copas brindando con dos mujeres altas y no muy jóvenes que reían a carcajadas. Detrás de la barra, despachaban bebidas dos chicas muy lindas y jóvenes quienes bromeaban con los parroquianos cuando se acercaban a sus mesas a alcanzarles los pedidos.

El resto de los espectadores en su mayoría eran hombres solos y mujeres solas, que se lanzaban sugestivas miradas cada tanto y también cada tanto uno u otro, se acercaba a otra mesa acarreando su bebida y se acomodaba junto a ella o él y comenzaban a charlar. Reinaba un ambiente alegre.

Cuando se descorrió el telón, pude ver sorprendido que en el escenario se repetía la escena de abajo: las mismas mesitas, ocupadas por personas sumamente parecidas a las que estábamos en la sala, reproducían idénticas, las circunstancias. De pronto todos callaron, ante la inminencia del comienzo del espectáculo, supuse, y en ese momento, impresionado, comprendí que lo que veía era un espejo: sobre el escenario se reproducía lo de abajo, no sé bien mediante qué truco, dando la sensación de continuidad, de profundidad y disfrazando el reflejo plano y frío de una imagen especular.

Aún sorprendido y sin mirarlo, pude percibir que el hombre sombrío que bebía champaña me observaba y también me dí cuenta de que sonreía, burlándose de mí.

Un instante después mi imagen en el escenario se ponía de pie y acercándose al borde, comenzaba a declamar una lastimosa perorata.

Pude distinguir, no sin pudor, que sus palabras reflejaban mi situación e intentaban conmover al público. El muy hipócrita hacia una parodia de mis miserias y mis frustraciones. Luego lloraba ante la pérdida de un amor, se rasgaba las vestiduras ante el paso de los años, la soledad, la miseria, el olvido y todo ese racimo de sentimentalismos baratos, que a uno lo asaltan cuando está algo deprimido.

Llegado a un punto sin retorno, mi parodia especular, con un cúmulo de desgracias insoportables a cuesta, extraía un arma y la llevaba a su sien. Pero no se atrevía a disparar.

Entonces fue que ofreció el arma al público. Conmovidos y ya encariñados con el personaje, sucesivamente los presentes se negaban a recibir la pistola. Hasta que el hombre sombrío a mi derecha la reclamó. El artefacto gris plateado atravesó el aire hasta dejarse atrapar por la mano segura del hombre.

El disparo sonó amplificado por la acústica del teatrito y horrorizado pude verme rodar escenario abajo con el pecho ensangrentado.

Creo que atiné a irme, pero lo cierto es que no recuerdo nada más. Dicen que la bala no comprometió ningún órgano vital, pero que me va a llevar algún tiempo recuperarme.

Creen que me resistí a que me asalten cuando doblaba hacia el oscuro Pasaje de La Piedad. ¿Cómo explicarles lo que realmente sucedió?

Alguien me sacó la curita del dedo y a cambio me llenó de cables, vendas y tubos. La cama es reclinable y hoy me liberaron la mano derecha. Mandé pedir un cuaderno y una birome para mitigar el aburrimiento.



Hospital de Clìnicas, Bs. As., Octubre de 1985

viernes, 12 de diciembre de 2008

La mujer de mis sueños

La intuí una noche en la periferia de un sueño. Su imagen permaneció en mi memoria destellando fulgores cada tanto, como advirtiéndome que no debía olvidarla.
Entonces un día la oí llegar, golpear a mi puerta, desde hacía tanto tiempo vedada a la dicha. La vi apoyar un instante su bolso en el suelo, la vi sonreír y escuché su voz diciendo aquí estoy.
La hice pasar y nos abrazamos; no nos animábamos a hablar. En sus ojos pude percibir una tristeza antigua y familiar. Sin embargo estábamos alegres de sabernos, de tocarnos, de sentirnos cerca.
Sabía que te soñaría, me dijo, Sí, le dije, yo también sabía que eras vos la que destellaba en mis sueños, la que llamaba, la que quería venir.
¡Qué alegría que hayamos coincidido al fin!, dijimos a coro y nos reímos. .
Nos quedamos una eternidad mirándonos, sonriéndonos, acariciándonos las mejillas, al borde de las lágrimas, dichosos y en paz.
Inventamos un sexo dulce y sorprendentemente pacífico y otra eternidad permanecimos juntos, mirándonos, transpirados y en silencio.
Hasta que un día, sin poder dejar de sonreírnos y sin dejar de llorar, emocionados, nos dijimos adiós.
Lejos, muy lejos uno del otro, de repente, quedamos con las manos vacías, solos, escribiendo ella, escribiendo yo, sobre ese resplandor intuido una noche, en los alrededores de un sueño.
Nunca supe su nombre. O si lo supe, lo he olvidado. Era hermosa y de una ternura inmensa.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Elegía para un reencuentro

“Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.”
Jorge Luis Borges
Diálogo sobre un diálogo


No estábamos borrachos. Pero estábamos tristes. Y yo sabía que esa tristeza era muy importante para él y para mí; sabía que necesitábamos procesarla y de alguna manera, disfrutar de ese dolor; empaparnos en él y sentirnos protegidos por la desolación. Por eso no estábamos borrachos. Emborracharnos hubiera sido alejar la angustia, o esconderla.
Me preguntó si tenía algo de Eric Satie para escuchar y se tiró en el sillón, con los pies sobre el apoyabrazos y las manos entrelazadas en la nuca. Me gusta oír su música cuando estoy triste, me dijo, me lleva de paseo a mí y a mi tristeza; floto entre sus notas como mecido sobre un lecho de terciopelo.
!Qué poético!, le dije, ¿por què no lo escribís?. Para las cursilerías de este tenor estás vos, me contestó y se incorporó para encender un cigarrillo.
Habíamos llegado del cementerio; veníamos de enterrar a un amigo.
Podría haber sucedido que llegáramos a viejos los tres, arrastrando una amistad deshilachada de recuerdos, comenzó a decir de pronto lanzando por la nariz una caótica nube de humo.
Podría haber sucedido de haber vivido una vida prolija, siguió, una vida de doblar en cuatro todo lo rectangular o cuadrado; de pantalones con rayas perfectamente planchadas, una de esas vidas de saludos formales, de sonrisas hipócritas y traiciones siniestras.
Pero no. ¿Viste cómo son nuestros amigos? Se van temprano. Demasiado temprano, dijo y se quedó en silencio oyendo la música que nos envolvía, acariciándonos. Y me vino a la memoria algo que dijo el amigo despedido la última vez que estuvimos los tres juntos: siempre veo la espalda de la madrugada, había dicho; si, hace tiempo que no me despierto cuando ella asoma su rostro. Me acuesto persiguiéndola, como pisándole los talones, sin que ella ni siquiera me sospeche. Nos reímos. Los tres; ahora somos dos, me dije, y estamos muy tristes; y preferí no compartir este recuerdo.
Mis amigos viven fumando la pipa de la paz con la vida y le dicen que si a todo el amor, a todo el vino, a toda la poesía, pensé. Y a toda la tristeza.
Nuestros amigos viven en una bacanal eterna; ya no persiguen certezas mentirosas como horizontes; viven cayendo por el tobogán de la duda, sabiendo que abajo siempre hay unos brazos compinches para recibirlos, para quererlos, dijo él como continuando mis pensamientos.
Si, pensé yo en silencio, es verdad, nuestros amigos suelen sudar alegría; emanar aromas de hombres vivos, de hombres equivocados.
Ustedes, mis amigos, me enseñaron a desalambrar los campos de la imaginación, a dejar correr libres las ideas, sin otro propósito que el de jugar, dijo haciéndome señas para que le alcanzara el cenicero para apagar el pucho.
Si, pensé yo, es verdad, nos gusta jugar. Como yo ahora, por ejemplo: juego con las palabras y con tus ojos detrás de estas letras, haciéndolos ir y venir, nada más que por divertirme.
Mis amigos vuelan por el aire con sobredosis de vida y siempre están desafiando a la muerte, ya no sé si pensé yo o dijo él.
Se quedó dormido en el sillón, lo tapé con una frazada y volví a poner a Eric Satie. Descoché una botella de vino, traje dos copas y me senté a esperar a que despertara.
Nuestros amigos se van, dijo entre dormido, y nos dejan aquí sobreviviéndolos, traicionándolos…Si: porque sobrevivir a aquellos que queremos es siempre una deslealtad, pensé, tal vez la más difícil de sobrellevar y la más triste de confesarnos.
Yo también me dormí. Cuando desperté la botella estaba vacía y las copas con restos de vino eran tres. Seguía sonando música de Eric Satie y me sentía flotar entre sus notas, enternecido, desolado y feliz, como mecido sobre un lecho de terciopelo.

Para ser un fantasma

        Un libro, un disco, una revista; objetos que ocupan un espacio; objetos a los que hay que ir a buscar y a los que podemos regresar a...