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viernes, 31 de julio de 2026

Cerraron todos los bares

 

-          Ayer fui a ver "Nueve semanas y media"…- me dijiste -

-          ¿Y? ¿Está buena…? - te pregunté -

-          El actor tiene cara de loquito…de loquito sufrido, como vos…. - cuando dijiste “como vos”, me tocaste la nariz y sonreíste .

 ¿Vamos a tomar unas cervezas?  -  preguntamos a dúo y nos reímos.

  Después de mil cervezas, cerraron todos los bares y nos quedamos solos en la calle; y empezó a llover; y nos fuimos a ese hotelito roñoso; al segundo piso; trepamos las escaleras como quien trepa un muro; la lluvia en las chapas, sonaba estruendosa; se te habían mojado los libros; armaste un porro.

   Nunca tendrías que haberme hablado de Huxley; ni de Orwell; ni de Bradbury. Ni de Hesse. Mucho menos de Hesse. Sobre todo, nunca deberías haber llevado los libros de Hesse. Ni haberme tocado la nariz, ni haber sonreído de esa manera tan hermosa. Nunca debimos haber trepado esa escalera; ni haber escuchado la lluvia sobre el zinc.

   Atravesamos la noche, como quien cabalga una nube.

-          ¿Estás bien? - tus ancas como un tributo, hacia mi; la curvatura de tu espalda me daba vértigo; tu cuerpo, una montaña rusa – ¿…Estás bien?

-          Siiiiiii…

 Plaf, plaf, plaf…

   Me agarré de tus tetas, para no caer ciego, un peso vivo, y nos revolcamos por la cama riéndonos como locos; como loquitos sufridos; mientras la lluvia martillaba las chapas y Hesse nos miraba, pero no se reía; nunca se ha reído Hesse; ni Orwell; ni Huxley; ni Bradbury. Después me leíste un poema de Grinsberg. ¿Para qué?, si estábamos en los ochenta. Yo solo quería escuchar a Virus; ver a Luca; deberías haber obviado a Grinsberg; si ya nos habían pasado la antorcha y estábamos saliendo del pantano verdoso; repugnante; nos cagaban a sopapos, pero ya no nos chupaban en Falcon verde; nos encendían las luces, nos gritaban y nos pedían documentos; pero ya no nos mataban tan descaradamente; estaba Diego, con su insolencia y su alegría; Charly demolía hoteles y leía revistas en la tempestad con el Flaco; no debiste haber hecho promesas sobre el bidet aquella noche; sabés que no aprendí a vivir; a veces estoy tan bien, estoy tan down.

     Hoy te busco en los bares, para devolverte los libros; tal vez para subir alguna escalera; tal vez para entregarte esto que construiste y que dejaste olvidado.

   La ciudad ya no es la misma; se llama igual, pero nos trata distinto. No nos ve, no hay donde encontrarnos. La gente camina cabizbaja, igual que ayer, pero ahora los veo, pero no me escuchan.

   Tengo cuadernos de bronca y desconcierto, escritos con café y cigarrillos; todos llevan tu nombre en algún rincón; todos te buscan, aunque no lo digan.

   Mis amigos habían empezado a picarse; los vi calentar sus cucharas, te lo dije; mis amigos morían de Sida; empezaron robándole las pastillas a la abuela y terminaron pirómanos y reclusos; con bolsas en la cabeza y doblados en dos a patadas en la boca del estómago.

   Solo me quedaron los libros y tu recuerdo; y la ciudad que se desliza bajo mis pies llevándome a ningún lado.

   Lo que sigue es para vos, es lo que fui a partir de entonces; tu Frankenstein de palabras cruzadas; con los ojos ciegos bien abiertos, dudando de haberte soñado; dudando de confundir lagrimas con lluvia; como quien duda de su nombre o como quien está seguro de su destino incierto.

 

 

 

 

 

 

 

Enloquecido

 

    Ese prolijo silencio que nos permitía escuchar perfectamente, el dialogo de los dibujitos; esa penumbra en la que permanecían los muebles y los adornos que sobre estos descansaban, mostrando de vez en cuando su brillo, cuando los vaivenes lumínicos del televisor los encandilaban; ese ambiente reluciente y quieto, sumiso y obediente, me llevaba a imaginarme destruyendo todo eso, hasta dejar la habitación, en un caos desconcertante.  

   Día por medio iba yo a ver los dibujitos allí, a casa de mi amigo, que vivía enfrente a mi casa paterna. Y día por medio, yo, mas que ver dibujitos, lo que hacía, era conjeturar qué sucedería, si de repente me parara, en medio de la pasa y las sombras protectoras; en medio de los relucientes muebles y la limpísima alfombra y comenzara a romper todo contra las paredes y a correr y saltar por encima de los muebles hasta destruirlos. Esa idea me atraía obsesivamente y, día por medio, gozaba calculando por donde comenzaría. Hasta veía la cara de desconcierto de mi amigo y de su pulcra y viuda madre.

Los hacía cruzando la calle y llevándole la noticia a mi madre.

   Al otro día, yo invertía la situación e imaginaba a mi amigo, destruyendo mi casa. Pero en este caso, lo que me interesaba, era premeditar la reacción de mi familia y la de su madre, ante el endemoniado hijo.

   Los días pasaban y yo había convertido mi obsesión, en plan a concretar en corto plazo.

   Seguramente después de haberlo concretado, no iba a poder volver jamás a aquella casa. Pero lo que realmente me preocupaba era encontrar una justificación para todo aquello. Pues, simplemente, lo mío era una aventura, por amor al peligro y a lo novedoso, nada más. ¿Pero cómo hacerlo entender a mis mayores? Esto retardó un tiempo mi decisión.

   En dos oportunidades, puse a prueba la confianza y la reacción de mi amigo. La primera vez, me paré repentinamente, diciendo que iba al baño. A espaldas de mi amigo, tomé una silla y la arrojé contra el modular, tirando al piso dos o tres adornos de porcelana.

-          ¿Qué pasó? – se volvió rápidamente- ¿Te lastimaste?

-          No. Me tropecé con una silla…

-          ¡Hu¡ Pará que prendó la luz…

-          ¿Qué pasa chicos? -Preguntó la madre entrando a la habitación.

-          ¡Nada, Má! Oliverio se tropezó con una silla…¡

   Y todo quedó más o menos ahí. En la segunda oportunidad, en medio de un silencio suspensivo en los diálogos de los dibujitos, le grité violentamente en el oído, y sin dejar de gritar, di una vuelta carnero hacia atrás. Me asustó ver la cara de mi amigo. Pero lo calmé, diciéndole que me había acalambrado una pierna.

    El día había llegado. Ya estaba todo listo para dar el golpe. Ya me encontraba yo junto a mi amigo, inmersos en aquella penumbra y aquella quietud, armoniosa, estúpida, que hoy yo destruiría. En tres ocasiones mis músculos se tensaron, para iniciar mi propósito. Pero era demasiado temprano. Sería mejor esperar el final de los dibujitos. El entusiasmo me atormentaba. Los muebles brillaban más que nunca, ante la luz del televisor. Los adornos parecían que oscilaban, deseando estrellarse contra la pared. Ansiosa la habitación, me invitaba a destruirla.

    De repente, casi sin darme cuenta, me encuentro cruzando la calle, entrando en mi casa…Corriendo, busco a mi madre y la abrazo fuertemente. Las lágrimas caen hasta meterse por el cuello de mi sweter y me enfrían el pecho, mi madre no entiende, yo tampoco, no paro de llorar. Mi amigo había enloquecido antes que yo.

 

 

Bajo Presión

 

   

   Bajo la mortecina luz del sol de las siete de la tarde, Ernestino Sánchez caminaba cabizbajo. Confusas imágenes del recuerdo de su vieja amistad con Oliverio Brausen, le flotaban en su memoria. Estas imágenes lo perseguían donde fuera, durante horas, para confluir en sus labios, estuviera donde estuviese, en voz muy baja, traducidas en una inevitable y dolorosa pregunta: “¿Cómo pudo hacerme esto?”.
Ernestino era consciente del peligro al que Oliverio Brausen lo había expuesto delatándolo. Pero en realidad no era la certeza de que tarde o temprano lo matarían, lo que realmente martirizaba a Ernestino, sino el hecho de saber que había sido traicionado por su más viejo y querido amigo.
   Dos semanas habían transcurrido ya desde que Ernestino recibiera la amenaza en su propia casa. Una precisa e inesperada amenaza: “Cuatro palabras de buena fuente pueden disponer del destino de un hombre. Gracias a Oliverio Brausen, tu muerte se aproxima”. Tal el texto de la intimidación que recibiera Ernestino en su domicilio.
   Dos semanas ya, en las que Oliverio Brausen no se acercaba a los sitios que frecuentaba.       Dos semanas en las que Ernestino lo había estado buscando y esperando, sin querer en realidad encontrarlo.
   Bajo el oscuro cielo de la noche reciente, Ernestino Sánchez detuvo su marcha. Sin levantar la cabeza y llevándose una mano indecisa a la frente, brotaron de su boca cuatro palabras: “¿Cómo pudo hacerme esto?”. Luego lentamente, bajó las manos de la frente y sacó de su chaqueta un paquete de cigarrillos; con un ligero movimiento hizo asomar uno de adentro del paquete y con la otra mano extrajo de otro bolsillo de la chaqueta un encendedor; llevó las dos manos cerca del cigarrillo; con una sostenía el encendedor, mientras que con la otra rodeaba a éste para evitar que el aire nocturno lo apagara y apretó los labios para dejar el cigarrillo en posición de ser encendido; su dedo pulgar estaba a punto de girar la ruedilla del encendedor…súbitamente levantó la vista; lentamente guardó el encendedor, sus labios se aflojaron y con la otra mano se quitó el cigarrillo de la boca y lo tiró sin ganas. Frente a él, su delator lo miraba sonriente.
    Ernestino movió los labios como para empezar a hablar, pero Oliverio se le anticipó; dejó morir la sonrisa y como si fuera él el ofendido, en tono descaradamente severo, dijo:
- Yo no te traicioné; no te dejes engañar. Vos sos el verdadero traidor si analizamos lo que pasó. Vos me defraudaste dudando de mí y de la amistad que nos ha unido todos estos años. ¿Te acordás el pacto que hicimos hace años? ¿Si, te acordás? “Si es necesario, -dijimos- moriremos juntos, pero en silencio…” ¡Pero no! ¡Vos pronunciaste las palabras que han deshecho esa promesa! ¿¡Cómo pudiste llegar a dudar de mí!?
- No intentes confundirme…está bien, no te guardo rencor…-dijo Ernestino de pronto- quiero ignorar lo que te lleva a decir esto y lo que te movió a delatarme. No me molestes, dejemos las cosas como están…-
Oliverio lo escuchaba sorprendido y lo interrumpió hablando a los gritos.
- ¡No! ¡Te tomaste todo demasiado en serio, me parece! ¡Yo no te traicioné! ¡Nunca lo haría! !¿No te das cuenta –siguió diciendo en voz alta, con cierta angustia asomando entre la furia -¡¿No te das cuenta, que no cometimos nunca esos crímenes que vos creés que cometimos!? ¡¿No te das cuenta que es un juego, todo: los crímenes, la traición, la amenaza…!? Un solo crimen fatal estoy dispuesto a cometer en mi vida –continuó diciendo en voz más baja- y ese crimen va a servir para que nuestra amistad y nuestro honor queden intactos y para que nuestras vidas sigan su curso normal. ¡¿O vas aceptar de brazos cruzados que tus hijos crean que sos un gusano asqueroso, un criminal de poca monta.!? ¡¿Y que yo, tu mejor amigo, soy un gusano traidor?!
- Al decir esto no pudo evitar gritar. Luego, rodeando con el brazo a Ernestino, siguió diciéndole al oído: - Necesito de tu ayuda para que sigamos siendo buenos amigos como siempre…hay una sola persona en el mundo que puede revertir esto. Pero no será fácil convencerla…quizás, hasta la tengamos que matar…
Bajo el oscuro cielo de la noche, Ernestino Sánchez y Oliverio Brausen, el delatado y el delator, caminaron calle abajo, tramando algo, como en los viejos tiempos, y como si nada hubiera ocurrido.
   Se perdieron en la oscuridad sus figuras y sus palabras. Se perdieron en mi memoria sus identidades y sus historias. Algo dentro mío me obligó a no continuar escribiendo sobre ellos. Creo que juntos, han mutilado el final de este relato…Lo siento, pero estoy bajo presión.

Para ser un fantasma

        Un libro, un disco, una revista; objetos que ocupan un espacio; objetos a los que hay que ir a buscar y a los que podemos regresar a...