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viernes, 31 de julio de 2026

Enloquecido

 

    Ese prolijo silencio que nos permitía escuchar perfectamente, el dialogo de los dibujitos; esa penumbra en la que permanecían los muebles y los adornos que sobre estos descansaban, mostrando de vez en cuando su brillo, cuando los vaivenes lumínicos del televisor los encandilaban; ese ambiente reluciente y quieto, sumiso y obediente, me llevaba a imaginarme destruyendo todo eso, hasta dejar la habitación, en un caos desconcertante.  

   Día por medio iba yo a ver los dibujitos allí, a casa de mi amigo, que vivía enfrente a mi casa paterna. Y día por medio, yo, mas que ver dibujitos, lo que hacía, era conjeturar qué sucedería, si de repente me parara, en medio de la pasa y las sombras protectoras; en medio de los relucientes muebles y la limpísima alfombra y comenzara a romper todo contra las paredes y a correr y saltar por encima de los muebles hasta destruirlos. Esa idea me atraía obsesivamente y, día por medio, gozaba calculando por donde comenzaría. Hasta veía la cara de desconcierto de mi amigo y de su pulcra y viuda madre.

Los hacía cruzando la calle y llevándole la noticia a mi madre.

   Al otro día, yo invertía la situación e imaginaba a mi amigo, destruyendo mi casa. Pero en este caso, lo que me interesaba, era premeditar la reacción de mi familia y la de su madre, ante el endemoniado hijo.

   Los días pasaban y yo había convertido mi obsesión, en plan a concretar en corto plazo.

   Seguramente después de haberlo concretado, no iba a poder volver jamás a aquella casa. Pero lo que realmente me preocupaba era encontrar una justificación para todo aquello. Pues, simplemente, lo mío era una aventura, por amor al peligro y a lo novedoso, nada más. ¿Pero cómo hacerlo entender a mis mayores? Esto retardó un tiempo mi decisión.

   En dos oportunidades, puse a prueba la confianza y la reacción de mi amigo. La primera vez, me paré repentinamente, diciendo que iba al baño. A espaldas de mi amigo, tomé una silla y la arrojé contra el modular, tirando al piso dos o tres adornos de porcelana.

-          ¿Qué pasó? – se volvió rápidamente- ¿Te lastimaste?

-          No. Me tropecé con una silla…

-          ¡Hu¡ Pará que prendó la luz…

-          ¿Qué pasa chicos? -Preguntó la madre entrando a la habitación.

-          ¡Nada, Má! Oliverio se tropezó con una silla…¡

   Y todo quedó más o menos ahí. En la segunda oportunidad, en medio de un silencio suspensivo en los diálogos de los dibujitos, le grité violentamente en el oído, y sin dejar de gritar, di una vuelta carnero hacia atrás. Me asustó ver la cara de mi amigo. Pero lo calmé, diciéndole que me había acalambrado una pierna.

    El día había llegado. Ya estaba todo listo para dar el golpe. Ya me encontraba yo junto a mi amigo, inmersos en aquella penumbra y aquella quietud, armoniosa, estúpida, que hoy yo destruiría. En tres ocasiones mis músculos se tensaron, para iniciar mi propósito. Pero era demasiado temprano. Sería mejor esperar el final de los dibujitos. El entusiasmo me atormentaba. Los muebles brillaban más que nunca, ante la luz del televisor. Los adornos parecían que oscilaban, deseando estrellarse contra la pared. Ansiosa la habitación, me invitaba a destruirla.

    De repente, casi sin darme cuenta, me encuentro cruzando la calle, entrando en mi casa…Corriendo, busco a mi madre y la abrazo fuertemente. Las lágrimas caen hasta meterse por el cuello de mi sweter y me enfrían el pecho, mi madre no entiende, yo tampoco, no paro de llorar. Mi amigo había enloquecido antes que yo.

 

 

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