Ese prolijo
silencio que nos permitía escuchar perfectamente, el dialogo de los dibujitos;
esa penumbra en la que permanecían los muebles y los adornos que sobre estos
descansaban, mostrando de vez en cuando su brillo, cuando los vaivenes
lumínicos del televisor los encandilaban; ese ambiente reluciente y quieto,
sumiso y obediente, me llevaba a imaginarme destruyendo todo eso, hasta dejar
la habitación, en un caos desconcertante.
Día por medio
iba yo a ver los dibujitos allí, a casa de mi amigo, que vivía enfrente a mi
casa paterna. Y día por medio, yo, mas que ver dibujitos, lo que hacía, era
conjeturar qué sucedería, si de repente me parara, en medio de la pasa y las
sombras protectoras; en medio de los relucientes muebles y la limpísima
alfombra y comenzara a romper todo contra las paredes y a correr y saltar por
encima de los muebles hasta destruirlos. Esa idea me atraía obsesivamente y,
día por medio, gozaba calculando por donde comenzaría. Hasta veía la cara de
desconcierto de mi amigo y de su pulcra y viuda madre.
Los hacía cruzando la calle y llevándole la noticia a
mi madre.
Al otro día,
yo invertía la situación e imaginaba a mi amigo, destruyendo mi casa. Pero en
este caso, lo que me interesaba, era premeditar la reacción de mi familia y la
de su madre, ante el endemoniado hijo.
Los días
pasaban y yo había convertido mi obsesión, en plan a concretar en corto plazo.
Seguramente
después de haberlo concretado, no iba a poder volver jamás a aquella casa. Pero
lo que realmente me preocupaba era encontrar una justificación para todo
aquello. Pues, simplemente, lo mío era una aventura, por amor al peligro y a lo
novedoso, nada más. ¿Pero cómo hacerlo entender a mis mayores? Esto retardó un
tiempo mi decisión.
En dos
oportunidades, puse a prueba la confianza y la reacción de mi amigo. La primera
vez, me paré repentinamente, diciendo que iba al baño. A espaldas de mi amigo,
tomé una silla y la arrojé contra el modular, tirando al piso dos o tres
adornos de porcelana.
-
¿Qué pasó? – se volvió rápidamente- ¿Te lastimaste?
-
No. Me tropecé con una silla…
-
¡Hu¡ Pará que prendó la luz…
-
¿Qué pasa chicos? -Preguntó la madre entrando a la
habitación.
-
¡Nada, Má! Oliverio se tropezó con una silla…¡
Y todo quedó más o menos ahí.
En la segunda oportunidad, en medio de un silencio suspensivo en los diálogos
de los dibujitos, le grité violentamente en el oído, y sin dejar de gritar, di
una vuelta carnero hacia atrás. Me asustó ver la cara de mi amigo. Pero lo
calmé, diciéndole que me había acalambrado una pierna.
El día había llegado. Ya
estaba todo listo para dar el golpe. Ya me encontraba yo junto a mi amigo, inmersos
en aquella penumbra y aquella quietud, armoniosa, estúpida, que hoy yo
destruiría. En tres ocasiones mis músculos se tensaron, para iniciar mi
propósito. Pero era demasiado temprano. Sería mejor esperar el final de los
dibujitos. El entusiasmo me atormentaba. Los muebles brillaban más que nunca,
ante la luz del televisor. Los adornos parecían que oscilaban, deseando
estrellarse contra la pared. Ansiosa la habitación, me invitaba a destruirla.
De repente, casi sin darme
cuenta, me encuentro cruzando la calle, entrando en mi casa…Corriendo, busco a
mi madre y la abrazo fuertemente. Las lágrimas caen hasta meterse por el cuello
de mi sweter y me enfrían el pecho, mi madre no entiende, yo tampoco, no paro
de llorar. Mi amigo había enloquecido antes que yo.
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