Bajo la mortecina luz del sol de las siete
de la tarde, Ernestino Sánchez caminaba cabizbajo. Confusas imágenes del
recuerdo de su vieja amistad con Oliverio Brausen, le flotaban en su memoria.
Estas imágenes lo perseguían donde fuera, durante horas, para confluir en sus
labios, estuviera donde estuviese, en voz muy baja, traducidas en una
inevitable y dolorosa pregunta: “¿Cómo pudo hacerme esto?”.
Ernestino era consciente del peligro al que
Oliverio Brausen lo había expuesto delatándolo. Pero en realidad no era la
certeza de que tarde o temprano lo matarían, lo que realmente martirizaba a
Ernestino, sino el hecho de saber que había sido traicionado por su más viejo y
querido amigo.
Dos
semanas habían transcurrido ya desde que Ernestino recibiera la amenaza en su
propia casa. Una precisa e inesperada amenaza: “Cuatro palabras de buena fuente
pueden disponer del destino de un hombre. Gracias a Oliverio Brausen, tu muerte
se aproxima”. Tal el texto de la intimidación que recibiera Ernestino en su
domicilio.
Dos
semanas ya, en las que Oliverio Brausen no se acercaba a los sitios que
frecuentaba. Dos semanas en las que
Ernestino lo había estado buscando y esperando, sin querer en realidad
encontrarlo.
Bajo el
oscuro cielo de la noche reciente, Ernestino Sánchez detuvo su marcha. Sin
levantar la cabeza y llevándose una mano indecisa a la frente, brotaron de su
boca cuatro palabras: “¿Cómo pudo hacerme esto?”. Luego lentamente, bajó las
manos de la frente y sacó de su chaqueta un paquete de cigarrillos; con un
ligero movimiento hizo asomar uno de adentro del paquete y con la otra mano
extrajo de otro bolsillo de la chaqueta un encendedor; llevó las dos manos cerca
del cigarrillo; con una sostenía el encendedor, mientras que con la otra
rodeaba a éste para evitar que el aire nocturno lo apagara y apretó los labios
para dejar el cigarrillo en posición de ser encendido; su dedo pulgar estaba a
punto de girar la ruedilla del encendedor…súbitamente levantó la vista;
lentamente guardó el encendedor, sus labios se aflojaron y con la otra mano se
quitó el cigarrillo de la boca y lo tiró sin ganas. Frente a él, su delator lo
miraba sonriente.
Ernestino movió los labios como para empezar a hablar, pero Oliverio se
le anticipó; dejó morir la sonrisa y como si fuera él el ofendido, en tono
descaradamente severo, dijo:
- Yo no te traicioné; no te dejes engañar. Vos
sos el verdadero traidor si analizamos lo que pasó. Vos me defraudaste dudando
de mí y de la amistad que nos ha unido todos estos años. ¿Te acordás el pacto
que hicimos hace años? ¿Si, te acordás? “Si es necesario, -dijimos- moriremos
juntos, pero en silencio…” ¡Pero no! ¡Vos pronunciaste las palabras que han
deshecho esa promesa! ¿¡Cómo pudiste llegar a dudar de mí!?
- No intentes confundirme…está bien, no te
guardo rencor…-dijo Ernestino de pronto- quiero ignorar lo que te lleva a decir
esto y lo que te movió a delatarme. No me molestes, dejemos las cosas como
están…-
Oliverio lo escuchaba sorprendido y lo
interrumpió hablando a los gritos.
- ¡No! ¡Te tomaste todo demasiado en serio, me
parece! ¡Yo no te traicioné! ¡Nunca lo haría! !¿No te das cuenta –siguió
diciendo en voz alta, con cierta angustia asomando entre la furia -¡¿No te das
cuenta, que no cometimos nunca esos crímenes que vos creés que cometimos!? ¡¿No
te das cuenta que es un juego, todo: los crímenes, la traición, la amenaza…!?
Un solo crimen fatal estoy dispuesto a cometer en mi vida –continuó diciendo en
voz más baja- y ese crimen va a servir para que nuestra amistad y nuestro honor
queden intactos y para que nuestras vidas sigan su curso normal. ¡¿O vas
aceptar de brazos cruzados que tus hijos crean que sos un gusano asqueroso, un
criminal de poca monta.!? ¡¿Y que yo, tu mejor amigo, soy un gusano traidor?!
- Al decir esto no pudo evitar gritar. Luego,
rodeando con el brazo a Ernestino, siguió diciéndole al oído: - Necesito de tu
ayuda para que sigamos siendo buenos amigos como siempre…hay una sola persona
en el mundo que puede revertir esto. Pero no será fácil convencerla…quizás,
hasta la tengamos que matar…
Bajo el oscuro cielo de la noche, Ernestino
Sánchez y Oliverio Brausen, el delatado y el delator, caminaron calle abajo,
tramando algo, como en los viejos tiempos, y como si nada hubiera ocurrido.
Se
perdieron en la oscuridad sus figuras y sus palabras. Se perdieron en mi
memoria sus identidades y sus historias. Algo dentro mío me obligó a no
continuar escribiendo sobre ellos. Creo que juntos, han mutilado el final de
este relato…Lo siento, pero estoy bajo presión.
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