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Ayer fui a ver "Nueve semanas y media"…- me dijiste -
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¿Y? ¿Está buena…? - te pregunté -
- El actor tiene cara de loquito…de loquito sufrido, como vos…. - cuando dijiste “como vos”, me tocaste la nariz y sonreíste .
- ¿Vamos a tomar unas cervezas? - preguntamos a dúo y nos reímos.
Después de mil cervezas, cerraron
todos los bares y nos quedamos solos en la calle; y empezó a llover; y nos
fuimos a ese hotelito roñoso; al segundo piso; trepamos las escaleras como
quien trepa un muro; la lluvia en las chapas, sonaba estruendosa; se te habían
mojado los libros; armaste un porro.
Nunca tendrías que haberme
hablado de Huxley; ni de Orwell; ni de Bradbury. Ni de Hesse. Mucho menos de
Hesse. Sobre todo, nunca deberías haber llevado los libros de Hesse. Ni haberme
tocado la nariz, ni haber sonreído de esa manera tan hermosa. Nunca debimos
haber trepado esa escalera; ni haber escuchado la lluvia sobre el zinc.
Atravesamos la noche, como
quien cabalga una nube.
-
¿Estás bien? - tus ancas como un tributo, hacia mi; la curvatura de tu espalda me daba vértigo; tu cuerpo, una
montaña rusa – ¿…Estás bien?
-
Siiiiiii…
Plaf, plaf, plaf…
Me agarré de tus tetas, para no
caer ciego, un peso vivo, y nos revolcamos por la cama riéndonos como locos;
como loquitos sufridos; mientras la lluvia martillaba las chapas y Hesse nos
miraba, pero no se reía; nunca se ha reído Hesse; ni Orwell; ni Huxley; ni
Bradbury. Después me leíste un poema de Grinsberg. ¿Para qué?, si estábamos en
los ochenta. Yo solo quería escuchar a Virus; ver a Luca; deberías haber
obviado a Grinsberg; si ya nos habían pasado la antorcha y estábamos saliendo
del pantano verdoso; repugnante; nos cagaban a sopapos, pero ya no nos chupaban
en Falcon verde; nos encendían las luces, nos gritaban y nos pedían documentos;
pero ya no nos mataban tan descaradamente; estaba Diego, con su insolencia y su
alegría; Charly demolía hoteles y leía revistas en la tempestad con el Flaco;
no debiste haber hecho promesas sobre el bidet aquella noche; sabés que no
aprendí a vivir; a veces estoy tan bien, estoy tan down.
Hoy
te busco en los bares, para devolverte los libros; tal vez para subir alguna
escalera; tal vez para entregarte esto que construiste y que dejaste olvidado.
La ciudad ya no es la misma; se
llama igual, pero nos trata distinto. No nos ve, no hay donde encontrarnos. La
gente camina cabizbaja, igual que ayer, pero ahora los veo, pero no me
escuchan.
Tengo cuadernos de bronca y
desconcierto, escritos con café y cigarrillos; todos llevan tu nombre en algún
rincón; todos te buscan, aunque no lo digan.
Mis amigos habían empezado a
picarse; los vi calentar sus cucharas, te lo dije; mis amigos morían de Sida;
empezaron robándole las pastillas a la abuela y terminaron pirómanos y
reclusos; con bolsas en la cabeza y doblados en dos a patadas en la boca del
estómago.
Solo me quedaron los libros y
tu recuerdo; y la ciudad que se desliza bajo mis pies llevándome a ningún lado.
Lo que sigue es para vos, es lo
que fui a partir de entonces; tu Frankenstein de palabras cruzadas; con los
ojos ciegos bien abiertos, dudando de haberte soñado; dudando de confundir
lagrimas con lluvia; como quien duda de su nombre o como quien está seguro de
su destino incierto.
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