domingo, 27 de agosto de 2017

Pasaje de La Piedad


Los cuadernos del abuelo

Tras la muerte de mi abuelo, Felix Enrique Brausen Hernández, por circunstancias que no vienen al caso, me alojé un tiempo en la que fuera su casa. Durante mi estadía allí, descubrí entre sus pertenencias cuatro cuadernos con escritos de su puño y letra en los que dejó registradas algunas impresiones. Lo que a continuación podrán leer pertenece a uno de esos cuadernos, cuya fecha señala ser el más antiguo. A manera de homenaje, los iré trascribiendo de a poco.
Estoy seguro de que él aprobaría esta decisión.




Pasaje de La Piedad

Más de una vez he escuchado decir que en Buenos Aires hay una entrada a otra realidad. Quienes la visitaron aseguran haber presenciado cosas increíbles. Sin embargo cuando uno les reclama precisiones, se limitan a decir que es un sitio indescriptible y, para dar algo de crédito al disparate explican, con aire de autoridad, que no se trata de un Aleph como el de la calle Garay, ni de una entrada al infierno.

Aunque sabemos que durante años han existido en esta ciudad portales al averno, aclaran, y tal vez hoy sigan existiendo. No, dicen, no se trata de esas monstruosidades; pero sí es un lugar inenarrable, repiten, no sabemos si por comodidad sintáctica o simple impericia narrativa, o tal vez -como sostienen algunos-, callan intimidados por las amenazas que allí reciben para no revelar lo presenciado.

La cuestión es que están divididas las aguas –vio como somos los argentinos-: por un lado están los que creen y por otro los que no. Por las dudas, más allá de que síes y de que noes, todos evitamos hablar del asunto y mientras tanto, de tiempo en tiempo, alguien insinúa por lo bajo, haber sido testigo del prodigio.

No estoy seguro de que se trate precisamente de uno de estos fantásticos lugares el escenario donde a mí me tocó en suerte –o en desgracia sería preciso decir- presenciar el sucedido que a continuación voy a narrar, pero creo que fui espectador y víctima de ese tipo de circunstancias, que podríamos calificar para no exagerar, por lo menos de anormales; ese tipo de situaciones que a uno lo dejan lo suficientemente perplejo como para dudar por momentos de su propia cordura y en otros de las leyes de causa y efecto que se pregona sobre el modus operandi de la realidad, que viene a ser lo mismo en definitiva. Quiero decir: ¿qué es la locura si no un quiebre y una oposición dialéctica a las leyes de la naturaleza que se da por sentado como lógicas?

De todas maneras, salvo en estas páginas y porque tengo la certeza de que nadie que me conozca las leerá –por lo menos mientras yo viva-, también evito pronunciarme al respecto y en silencio guardo mi secreto.

Podría decir que descubrí el lugar una noche que vagaba sin rumbo. Pero lo cierto es que regresaba de comprar una curita después de que me cortara un dedo en un fallido intento por pelar una cebolla, y descubriera, sin sorprenderme, que carezco de cualquier elemento de primeros auxilios en mi botiquín. Bueno, en realidad carezco también de un espacio destinado a guardar ese tipo de cosas; en definitiva, carezco de botiquín.

El sitio está emplazado en el ciento cincuenta y tres del Pasaje de La Piedad y en realidad no sé que me movió a desviarme y entrar, pero lo cierto es que algo, que no puedo precisar, llamó mi atención y caminé media cuadra internándome en el pasaje y entré. Hacía poco que vivía por allí y cada salida la aprovechaba para indagar el nuevo barrio. La verdad es que el pasaje debería completar su nombre con la palabra “Ausente”, ya verán por qué, no quiero adelantarme.

Si todo, como en espiral, se cierne intrigante en esta ciudad –eso es lo que pensaba esa noche mientras me colocaba la curita y doblaba la esquina ingresando al pasaje- mucho, pero mucho más misteriosa es esta atracción que ejercen sus calles sobre mi rumbo a medianoche, obligándome, cada vez que salgo, a no regresar hasta la madrugada. Tal vez esto fuera una excusa para dejarme arrastrar hacia la mitad de la cuadra, donde la luz tenue de un farol solitario alegraba la oscuridad de la callecita e invitaba a acercarse y curiosear.

Se trataba de un teatrito subterráneo al que se accede bajando una estrecha escalerita de madera. Me llamó la atención que no hubiera nadie para recibirme y bajé el primer tramo de escalones alentado por los murmullos y las risas que oía subir a mi encuentro. Sigiloso y expectante, continué descendiendo creyendo que alguien se acercaría a recibirme y a reclamarme el pago de una entrada, pero no. Así que cuando estuve en la sala, que en lugar de butacas contaba con unas simpáticas mesitas redondas, enfrentando a un también simpático y no muy amplio escenario, me acomodé en la parte central de la salita, de espaldas a la barra y con buena vista, contra una baranda que señalaba un desnivel.

Tras un telón de terciopelo bordó asomaba el borde curvo del proscenio y como parecía que la función tardaría todavía en comenzar, me dediqué a observar a mis vecinos de mesa. A mi izquierda una parejita se hacía arrumacos y más allá, cerca del escenario, tres jóvenes miraban hacia atrás, riéndose, como burlándose de todo. A mi derecha un hombre sombrío bebía champaña a breves sorbos y ensimismado, mientras jugaba con un cigarrillo apagado en su mano izquierda y detrás de mí, acodados en la barra, dos hombres chocaban sus copas brindando con dos mujeres altas y no muy jóvenes que reían a carcajadas. Detrás de la barra, despachaban bebidas dos chicas muy lindas y jóvenes quienes bromeaban con los parroquianos cuando se acercaban a sus mesas a alcanzarles los pedidos.

El resto de los espectadores en su mayoría eran hombres solos y mujeres solas, que se lanzaban sugestivas miradas cada tanto y también cada tanto uno u otro, se acercaba a otra mesa acarreando su bebida y se acomodaba junto a ella o él y comenzaban a charlar. Reinaba un ambiente alegre.

Cuando se descorrió el telón, pude ver sorprendido que en el escenario se repetía la escena de abajo: las mismas mesitas, ocupadas por personas sumamente parecidas a las que estábamos en la sala, reproducían idénticas, las circunstancias. De pronto todos callaron, ante la inminencia del comienzo del espectáculo, supuse, y en ese momento, impresionado, comprendí que lo que veía era un espejo: sobre el escenario se reproducía lo de abajo, no sé bien mediante qué truco, dando la sensación de continuidad, de profundidad y disfrazando el reflejo plano y frío de una imagen especular.

Aún sorprendido y sin mirarlo, pude percibir que el hombre sombrío que bebía champaña me observaba y también me dí cuenta de que sonreía, burlándose de mí.

Un instante después mi imagen en el escenario se ponía de pie y acercándose al borde, comenzaba a declamar una lastimosa perorata.

Pude distinguir, no sin pudor, que sus palabras reflejaban mi situación e intentaban conmover al público. El muy hipócrita hacia una parodia de mis miserias y mis frustraciones. Luego lloraba ante la pérdida de un amor, se rasgaba las vestiduras ante el paso de los años, la soledad, la miseria, el olvido y todo ese racimo de sentimentalismos baratos, que a uno lo asaltan cuando está algo deprimido.

Llegado a un punto sin retorno, mi parodia especular, con un cúmulo de desgracias insoportables a cuesta, extraía un arma y la llevaba a su sien. Pero no se atrevía a disparar.

Entonces fue que ofreció el arma al público. Conmovidos y ya encariñados con el personaje, sucesivamente los presentes se negaban a recibir la pistola. Hasta que el hombre sombrío a mi derecha la reclamó. El artefacto gris plateado atravesó el aire hasta dejarse atrapar por la mano segura del hombre.

El disparo sonó amplificado por la acústica del teatrito y horrorizado pude verme rodar escenario abajo con el pecho ensangrentado.

Creo que atiné a irme, pero lo cierto es que no recuerdo nada más. Dicen que la bala no comprometió ningún órgano vital, pero que me va a llevar algún tiempo recuperarme.

Creen que me resistí a que me asalten cuando doblaba hacia el oscuro Pasaje de La Piedad. ¿Cómo explicarles lo que realmente sucedió?

Alguien me sacó la curita del dedo y a cambio me llenó de cables, vendas y tubos. La cama es reclinable y hoy me liberaron la mano derecha. Mandé pedir un cuaderno y una birome para mitigar el aburrimiento.



Hospital de Clìnicas, Bs. As., Octubre de 1985

viernes, 12 de diciembre de 2008

La mujer de mis sueños

La intuí una noche en la periferia de un sueño. Su imagen permaneció en mi memoria destellando fulgores cada tanto, como advirtiéndome que no debía olvidarla.
Entonces un día la oí llegar, golpear a mi puerta, desde hacía tanto tiempo vedada a la dicha. La vi apoyar un instante su bolso en el suelo, la vi sonreír y escuché su voz diciendo aquí estoy.
La hice pasar y nos abrazamos; no nos animábamos a hablar. En sus ojos pude percibir una tristeza antigua y familiar. Sin embargo estábamos alegres de sabernos, de tocarnos, de sentirnos cerca.
Sabía que te soñaría, me dijo, Sí, le dije, yo también sabía que eras vos la que destellaba en mis sueños, la que llamaba, la que quería venir.
¡Qué alegría que hayamos coincidido al fin!, dijimos a coro y nos reímos. .
Nos quedamos una eternidad mirándonos, sonriéndonos, acariciándonos las mejillas, al borde de las lágrimas, dichosos y en paz.
Inventamos un sexo dulce y sorprendentemente pacífico y otra eternidad permanecimos juntos, mirándonos, transpirados y en silencio.
Hasta que un día, sin poder dejar de sonreírnos y sin dejar de llorar, emocionados, nos dijimos adiós.
Lejos, muy lejos uno del otro, de repente, quedamos con las manos vacías, solos, escribiendo ella, escribiendo yo, sobre ese resplandor intuido una noche, en los alrededores de un sueño.
Nunca supe su nombre. O si lo supe, lo he olvidado. Era hermosa y de una ternura inmensa.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Elegía para un reencuentro

“Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.”
Jorge Luis Borges
Diálogo sobre un diálogo


No estábamos borrachos. Pero estábamos tristes. Y yo sabía que esa tristeza era muy importante para él y para mí; sabía que necesitábamos procesarla y de alguna manera, disfrutar de ese dolor; empaparnos en él y sentirnos protegidos por la desolación. Por eso no estábamos borrachos. Emborracharnos hubiera sido alejar la angustia, o esconderla.
Me preguntó si tenía algo de Eric Satie para escuchar y se tiró en el sillón, con los pies sobre el apoyabrazos y las manos entrelazadas en la nuca. Me gusta oír su música cuando estoy triste, me dijo, me lleva de paseo a mí y a mi tristeza; floto entre sus notas como mecido sobre un lecho de terciopelo.
!Qué poético!, le dije, ¿por què no lo escribís?. Para las cursilerías de este tenor estás vos, me contestó y se incorporó para encender un cigarrillo.
Habíamos llegado del cementerio; veníamos de enterrar a un amigo.
Podría haber sucedido que llegáramos a viejos los tres, arrastrando una amistad deshilachada de recuerdos, comenzó a decir de pronto lanzando por la nariz una caótica nube de humo.
Podría haber sucedido de haber vivido una vida prolija, siguió, una vida de doblar en cuatro todo lo rectangular o cuadrado; de pantalones con rayas perfectamente planchadas, una de esas vidas de saludos formales, de sonrisas hipócritas y traiciones siniestras.
Pero no. ¿Viste cómo son nuestros amigos? Se van temprano. Demasiado temprano, dijo y se quedó en silencio oyendo la música que nos envolvía, acariciándonos. Y me vino a la memoria algo que dijo el amigo despedido la última vez que estuvimos los tres juntos: siempre veo la espalda de la madrugada, había dicho; si, hace tiempo que no me despierto cuando ella asoma su rostro. Me acuesto persiguiéndola, como pisándole los talones, sin que ella ni siquiera me sospeche. Nos reímos. Los tres; ahora somos dos, me dije, y estamos muy tristes; y preferí no compartir este recuerdo.
Mis amigos viven fumando la pipa de la paz con la vida y le dicen que si a todo el amor, a todo el vino, a toda la poesía, pensé. Y a toda la tristeza.
Nuestros amigos viven en una bacanal eterna; ya no persiguen certezas mentirosas como horizontes; viven cayendo por el tobogán de la duda, sabiendo que abajo siempre hay unos brazos compinches para recibirlos, para quererlos, dijo él como continuando mis pensamientos.
Si, pensé yo en silencio, es verdad, nuestros amigos suelen sudar alegría; emanar aromas de hombres vivos, de hombres equivocados.
Ustedes, mis amigos, me enseñaron a desalambrar los campos de la imaginación, a dejar correr libres las ideas, sin otro propósito que el de jugar, dijo haciéndome señas para que le alcanzara el cenicero para apagar el pucho.
Si, pensé yo, es verdad, nos gusta jugar. Como yo ahora, por ejemplo: juego con las palabras y con tus ojos detrás de estas letras, haciéndolos ir y venir, nada más que por divertirme.
Mis amigos vuelan por el aire con sobredosis de vida y siempre están desafiando a la muerte, ya no sé si pensé yo o dijo él.
Se quedó dormido en el sillón, lo tapé con una frazada y volví a poner a Eric Satie. Descoché una botella de vino, traje dos copas y me senté a esperar a que despertara.
Nuestros amigos se van, dijo entre dormido, y nos dejan aquí sobreviviéndolos, traicionándolos…Si: porque sobrevivir a aquellos que queremos es siempre una deslealtad, pensé, tal vez la más difícil de sobrellevar y la más triste de confesarnos.
Yo también me dormí. Cuando desperté la botella estaba vacía y las copas con restos de vino eran tres. Seguía sonando música de Eric Satie y me sentía flotar entre sus notas, enternecido, desolado y feliz, como mecido sobre un lecho de terciopelo.

martes, 26 de agosto de 2008

Eso que nadie sabe muy bien qué es

Fragmentos sobre un amor tumultuoso

1- Fue un amor tumultuoso. Ahora está solo, triste, desahuciado. Están agotadas todas las posibilidades de volver a verla: lo sabe. Sin embargo una ciega e ilógica esperanza insiste y todo le parece un indicio que anuncia su regreso.
2- Una mujer despechada por amor, puede llegar a parecerse a una fiera sedienta de venganza. Un hombre –como él- abandonado, es una piltrafa.
3- Una noche la piltrafa ilógicamente esperanzada se propuso olvidar aquel amor tumultuoso. Pero se dio cuenta que el cuerpo tiene una memoria voluptuosa, independiente de nuestra voluntad.
4- Otra noche, exultante por su triunfo, se dijo: lo logré, hoy no he pensado en ella. Y, vencido, la recordó otra vez.
5- Una tarde entró en un bar y pidió un café. Cuando estuvo el pocillo y la jarrita de agua sobre la mesa, sigilosamente ella apareció…fresca y transparente como el agua de la jarrita, junto a él, tan denso y oscuro…como el contenido del pocillo. Revolvió el café como si revolviera su propia alma y en el centro mismo del torbellino, vio asomar sus manos diciéndole adiós…y sus labios, en el vórtice, luego, sonriéndole…o sólo los deseó, o recordó cómo los deseaba…entonces como si besara la porcelana, cerró los ojos y bebió de un sorbo el café.
6- De pronto el vacío; que no era más que la verdad estallando ante sus ojos.
7- Ahora ni siquiera en la borra veía una posibilidad. Sólo la desierta tibieza del pocillo le sirvió de consuelo y pasó los dedos por el borde de la tacita, como si acariciara sus labios, que tanto deseaba. Y se sorprendió de pronto, sonriendo tristemente. Sonriéndole tristemente a un pocillo de café…miró alrededor, temeroso, asegurándose de que nadie lo mirara. No bebió el agua; tal vez quisiera, de este modo, conservar intacta su frescura. Como símbolo, tal vez, o como tributo.
8- Al salir le pareció oír su voz entre los murmullos del bar: lo llamaba. Pero no se atrevió a buscarla.
9- Al llegar a la calle, creyó ver su rostro reflejado en una vidriera: lo miraba. Pero no se atrevió a darse vuelta.
10- Fue un amor tumultuoso. Ahora camina solo, triste y desahuciado. Están agotadas todas las posibilidades de volver a verla: lo sabe. Sin embargo una ciega e ilógica esperanza insiste y todo le parece un indicio que anuncia su regreso…


Consejos

Silvina

“¿Querés que te diga una cosa Silvina…?”
¡No!”, hubiera dicho yo; pero ella no esperó mi respuesta. Los que dan consejos no esperan a que el aconsejado apruebe o no: arremeten con su perorata convencidos de su verdad como si fueran semidioses u oráculos a los que uno acude a consultarlos...
”…el tipo no te quiere; perdoname que te diga esto; para mi te usa y la quiere a la mujer…y dejame que te dé un consejo,- y no te lo digo como hermana, te lo digo como amiga, de mujer a mujer-: dejalo Silvina, no te hagas ilusiones: no se separa mas; ¿qué vas a esperar…? Y dejame que te dé otro consejo…”
Yo no le pedí su opinión. No tengo dudas sobre lo que siento por Andrés; no sé muy bien si me importa lo que pueda pasar más adelante: lo quiero, la pasamos muy bien juntos; nunca me mintió, siempre supe que estaba casado. Me duele oír hablar así a mi hermana. Estamos hablando de sentimientos; del amor en todo caso, aunque no sepamos bien de qué hablamos; es decir, creo que hablamos del amor, en abstracto, sin definirlo –sin saber y sin poder definirlo, si es que tiene definición-; no sé si soy clara…una no puede manejar lo que siente; lo digo por mi, pero también lo digo por ella …

***
Andrés

“Mirá Andrés, yo entiendo que te guste y que la pases bien con la mina… ¿como se llama? Silvina, con Silvina, digo…pero no sé…me parece que ya está; tu mujer es una mina genial…no se merece esto…”
Mi hermano Ernesto es el único de la familia que sabe lo de mi relación extramatrimonial con Silvina. Sentí la necesidad de contárselo cuando advertí lo que me pasaba; ese deslumbramiento –un poco adolescente-, que Silvina me provocaba; necesité un confesor y me pareció que Ernesto, mi hermano mayor, iba a entenderme…
” Si me permitís te voy a dar un consejo…”
¿Y qué voy a decirle?, si no esperó mi respuesta; los que pretenden dar consejos no esperan tu aprobación, a veces te avisan, como si fuera algo inevitable: solo para alertarte, pero no dejan lugar para que decidas. Su consejo me pareció inhumano; no solo por Silvina, sino por mí; creo que no entendió nada de lo que me pasa. Estamos hablando de sentimientos; del amor en todo caso, aunque no sepamos bien de qué hablamos; es decir, creo que hablamos del amor, en abstracto, sin definirlo –sin saber y sin poder definirlo, si es que tiene definición-; no sé si soy claro…uno no puede manejar lo que siente; lo digo por mi, pero también lo digo por él…

***
Silvina y Andrés

Andrés y Silvina habían terminado de hacer el amor; él encendió un cigarrillo y se lo pasó a ella mientras se llevaba otro a la boca para él.
Silvina cerró los ojos y aspiró suave pero intensamente su cigarrillo; luego, mientras lanzaba el humo miró a Andrés y le preguntó: “¿Qué es el amor para vos? Digo, este sentimiento que nos une ¿qué es?”
“! No me vas a creer - dijo con sorpresa Andrés-…pero iba a preguntarte lo mismo en este momento…!
Se miraron en silencio largo rato. Sus expresiones eran reflexivas; como si indagaran en lo profundo de sus miradas en busca de la respuesta. Luego se besaron suavemente, se abrazaron y volvieron a hacer el amor.

“No sé qué es el amor”, pensaron cada uno por su lado, “…pero por ahora sigo solo sus consejos…”, acabaron diciéndose, en silencio, cada cual para sí, sin saber en realidad de quién ni de dónde partía ese pensamiento.

jueves, 14 de agosto de 2008

Territorio de susurros

La madrugada pisándole los talones. El frío acuchillando su borrachera; abriéndose paso en la inconsciencia los pensamientos –tumultuosos polizones- , martillando.
¿Cómo atravesar una ciudad que te atraviesa?
Las calles como puentes: de un lado la barbarie, del otro el esplendor. Uniendo avenidas de crueldad; de ignorancia; de rencor.
Y los niños que duermen en la calle: el frío congelando sus sueños.
Una noche cualquiera; después del alcohol.
Hay una realidad silenciosa que se mueve con pereza y desconsuelo. La de esos seres sombríos. Harapientos. Muertos de frío.
En el país de los vivos los muertos en vida cargan con las culpas. Y pagan –sin saberlo- la fiesta.
Si, está bien, no hay duda: cuando ella respira resuena –inquietante- un bandoneón.
Morocha teñida de rubia. Se pasea insegura y sensual. Espera. Para devorarte. Y al amanecer te escupe sin piedad. Te deja sólo frente al espejo insobornable de la mañana. Te obliga a expurgar tus culpas refregando tu rostro contra la húmeda y fría madrugada. Después del alcohol. Sin memoria, sin vergüenza, con la claridad del sol, la ciudad, se vuelve hipócrita y puritana.
Y todavía la noche. Pero ya la noche. Ese territorio de susurros. La noche conversadora, social. La noche. Donde los hombres abandonan sus pretensiones. Donde ya no importa el capital intelectual que ostentan durante el día: en la noche -como en la que ahora se aleja-, el doctor es un simple Hugo o Manuel o Pancho. Palabras que se arrastran.
Las cuadras dejadas atrás, como si fueran años. Y el resto del camino de vuelta a casa: como el destino incierto y desafiante.
Palabras que se arrastran. Trayendo retazos de conversaciones. Después del alcohol. Con la madrugada pisándonos los talones; y la violencia esperando ser atendida: como una extraña mujer en una sala de espera. Extraña y sin pasado. Y sin nombre. Pronta para ser inaugurada.
¡Claro!: la conversación con el viejo conservador; facho: por eso espera la furia. ¡Claro! Porque fue sofocada. Inundada de alcohol. Ofendida; privada de pagar con la misma moneda. Obligada a atravesar una ciudad que la atraviesa. Que la devora y la escupe. Hipócrita. Que se convierte con el sol, en puritana.
Está borracho. Está amaneciendo. No quiere llegar. Porque llegar es encontrarse. Escapa. Se desprende de sí. Con la madrugada pisándole los talones. Camina borracho y al caminar se deja atrás. No quiere llegar. Porque si llega se encuentra. Y porque llegar así, hoy, con bronca y después del alcohol, teme, que se parezca un poco a morir.

domingo, 3 de agosto de 2008

La ventana de Hércules

Vamos a suponer, que un hombre llamado Hércules Sosa, argentino, clase sesenta y cuatro -pongamos por caso-, de tez morena, de profesión indefinida, soltero, apesadumbrado en su manera de andar, silencioso, -poco comunicativo como suele decirse-, despierta una mañana cualquiera inquieto, desolado. Vamos a suponer que se apura a salir de la cama, -que se parece más a un catre-, se viste, toma mate, fuma, se vuelve a acostar –vestido-, enciende la radio.
Vamos a suponer ahora que un hombre con esas características y en ese estado, desea solo que pase pronto el día; vamos a suponer que solo tiene un recuerdo y que ese recuerdo lo motivó a despertar inquieto, desolado. Bien.
Ahora a este argentino de profesión indefinida, a este hombre de tez morena, vamos a sacarle un brazo –el izquierdo- y vamos a torcerle un poco la nariz –también para la izquierda, como ensañándonos con ese lado- y hundámosle la mirada, en una actitud sombría, casi desagradablemente antipática; pongámosle una chaqueta verde y tirémoslo en la cama y que fume, con la manga de su brazo ausente colgando, rozando el piso. Ahora prestémosle una ventana y pongámosla a su derecha y, mientras fuma, hagámoslo mirar por la ventana. Si, que mire, pero no lo dejemos ver. Así, bien, que mire pero que no vea; que parezca que mira por la ventana, pero que en realidad solo vea su recuerdo. Ahora obliguémoslo a que nos lo muestre, miremos nosotros, -curiosos despiadados-, por su ventana. Así, bien:
Veamos como despierta con el sol que asoma triste entre las nubes; miremos su rostro, es más joven –parece un niño-; veamos como su cuerpo –ágil y completo- se levanta del sucio lecho.
Miremos ahora a través de sus ojos que hambrientos de paz, vigilan el horizonte:
La niebla –humo frío- se suspende silenciosa sobre el mar y deja colar, por lo menos intenso de su espesura, algunos abatidos reflejos de sol acariciando el agua. Es una efímera sensación reconfortante la que le proporciona esta imagen, que desea compartir, -con su madre, por ejemplo; o con sus hermanos- entonces pronto, lo reconfortante -la sensación-, es sucedida por el abismo de la distancia; esta infernal y –por qué no- helada distancia.
Ese mínimo instante de encanto y ese próximo vértigo de nostalgia, se diluyen de pronto entre gritos –como agujas- desesperados y estruendo.-como truenos o como eructos, o como carcajadas, del Diablo-.
Y ya no hay tiempo para el placer; ni para la melancolía; ni siquiera para el dolor: sobrevivir, nada más importa ahora.
Entonces el caos -como la niebla sobre el mar- flota sobre Hércules; todo se mueve –incompresiblemente- todo tiembla. Ve salir despedidos varios cuerpos, matorrales, el cielo abajo, la tierra arriba, humo caliente, un silbido –como una aguja- que no cesa, cañonazos –como truenos, o como eructos, o como carcajadas, del Diablo-… todo se amontona ahora en su memoria; es un momento, -como un relámpago- pero que permanece molesto –como una aguja- en su cabeza; y que duele, de una manera extraña, duele sobre todo lo dolido; es un constante fluir de amargura, de rencor –sí de rencor, ¿por qué no?-…
Perdió su brazo en esa guerra y con él se fueron sus sueños, como si alguien lo hubiera obligado a arrojarlos lejos. Muy lejos...

Bien. Ahora que hemos husmeado en su sufrimiento; ahora que -generosamente- nos hemos compadecido de él, dejémoslo tranquilo, celebremos lo bien que nos va a nosotros, olvidémoslo pronto y sigamos cada cual en lo suyo. Bien. Muy bien.

jueves, 24 de julio de 2008

Ejercicio de la estupidez

Nadie puede privarnos del derecho a ejercer la estupidez como nos plazca. Porque todos poseemos cierto grado de estupidez en mayor o en menor medida. En mi caso por ejemplo, empecé con poca, pero con los años y la experiencia la fui desarrollando y hoy en día ejerzo esta disciplina con maestría y autoridad.
Al principio había cuestiones en las que me costaba aplicarla. Por ejemplo en relación a mis amigos. Pero al final logré hacer buen uso de mi estupidez y ella me ayudó a perderlos, a lo largo de los años, a todos.
En el amor uno debe usar la estupidez con cautela y en pequeñas dosis, si es que quiere conservar la relación durante algún tiempo. Esto lo aprendí después de haber abusado de esta disciplina con una novia a la que yo quería mucho. Se me fue la mano y la espantó mi estupidez demasiado rápido. Una lástima, me hubiera gustado experimentar con ella un poco más. En el amor me costó pero aprendí; luego de varios intentos y de relaciones con mujeres que me superaban en este difícil arte; cosa que me fastidiaba mucho, claro. Tardé, pero aprendí.
Un consejo: en cuestiones de amor, para un correcto ejercicio de la estupidez, la mujer debe ser inteligente. Las mujeres inteligentes saben distinguir, repudiar y oponerse a nuestra estupidez con mucha más soltura y convicción que las mujeres poco inteligentes, volviendo mucho más emocionante y superadora nuestra práctica. Pero sucede algo curioso: las poco inteligentes, ven nuestros actos con ojos idiotas y no reconocen nuestro arte como tal; entonces se aterran y nos dejan. En cambio las mujeres inteligentes, registran enseguida nuestra estupidez como un ejercicio al que rechazan y desprecian, pero al que califican de esporádico y controlable; inofensivo en última instancia y frente al que se comportan tenaces y desafiantes, convencidas de su triunfo final; y nos terminan demostrando que son realmente maravillosas en su afanoso intento por domesticarnos. Claro que no es fácil ni placentero muchas veces.
Tal vez la pasión amorosa consista en eso. No sé.
Estos conceptos considero que son válidos también a la inversa. Quiero decir que pueden apropiarse de éstos aquellas mujeres que quieran o necesiten ejercer la estupidez en el amor.
Hay que tener en cuenta que esta disciplina nos pone en riesgo permanentemente. Quiero decir que cuanto más hacemos uso de ella, más nos acercamos a perder lo que más queremos, sea esto lo que sea, ya que este arte milenario se aplica a infinidad de contextos: personal, social, político, etc. Es casi una religión, a la que la humanidad ha acudido, masificándola con el correr de los siglos. Su progreso la ha complejizado y diversificado, muchas veces camuflada tras falsas máscaras modernas, como la televisión –paradigma universal-, seudos artes y sistemas de pensamiento.
A propósito, Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo, no incluye el término estupidez ni estúpido, pero nos da una brillante y oportuna definición de su sinónimo “Idiota”. Dice el gran Gringo Viejo de “Idiota”: Miembro de una vasta y poderosa tribu cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre dominante. La actividad del idiota no se limita a ningún campo especial de pensamiento o acción, sino “que lo llena y lo regula todo”. Siempre tiene la última palabra; su decisión es inapelable. Establece las modas de opinión y el gusto, dicta los límites del lenguaje y fija las normas de la conducta” ¡Brillante; lo suyo era mucho mas que “puro dandismo intelectual”, como definió George Meredith al cinismo. Por otra parte no puedo omitir a Erasmo de Rótterdam y su Elogio de la estupidez. “En resumen, –le hace decir Erasmo a la Estupidez- sin mí no habría ningún tipo de sociedad ni relación humana agradable y firme. Sin mí el pueblo no soportaría por mucho tiempo a su gobernante, ni el amo al sirviente, la criada a la señora, el maestro al discípulo, el amigo al amigo, la mujer al marido, el propietario al inquilino, el camarada al camarada, el anfitrión al invitado. Indudablemente, no podrían tolerarse si recíprocamente no se engañaran, halagándose unas veces, consintiendo otras, y por último -digámoslo así- untándose con la miel de la estupidez.”
Salgo de mi pieza para bajar e ir al kiosco a comprar cigarrillos y en el pasillo me encuentro con la dueña de la pensión, que aprovecha para recordarme que le debo una semana de alquiler.
Regreso y veo el cenicero repleto de colillas y la triste luz de la lámpara -que dejé encendida- , tratando de apartar la niebla del humo concentrado -lográndolo a medias-; el ropero viejo y feo, -aparatoso- algo desvencijado; la ropa por el suelo, los libros apilados al costado de la cama; el cuaderno sobre la frazada a cuadros, -al que miro de reojo y en el que reconozco mi letra-; la birome, -tal vez el objeto más vital o más moderno, o más real, o más puro o alegre, de mi entorno- esperándome. Entonces penetro en un estado que dista mucho de mi inicial disposición irónica. Más se acerca a una tenue y tibia melancolía; ese estado transitorio “ …que va y viene con cada pequeña ocasión de pesar, necesidad, dolencia, turbación, temor, pena, pasión o perturbación de la mente…una de esas disposiciones melancólicas de las que Robert Burton –y lo comparto- asegura que “…no hay hombre viviente que se vea libre…nadie es tan estoico, ninguno es tan sabio, tan feliz, tan paciente, tan generoso, tan deiforme, tan divino que pueda decirse exento, por bien compuesto que esté, más o menos, en un momento u otro, siente su azote…”
Me siento en la cama y leo.
Ahora que he leíido lo escrito pienso, “no sé bien qué he querido decir con todo esto” y pronto me respondo, me justifico y me perdono, “y bueno –me digo- en ejercicio de nuestro don, los entupidos, rara vez somos claros..."